La afirmación de que matemáticas y música están íntimamente relacionadas es un lugar común. Otra cosa es que eso sólo tenga una pequeña parte de verdad o, más precisamente, que su relación se limite a unos pocos aspectos. Y sin embargo, es interesante saber que hasta hace no tanto, y por influencia de la Grecia clásica, en las universidades españoles una de las disciplinas troncales de las matemáticas era la música. Los futuros matemáticos debían saber geometría, aritmética, astronomía y música. De modo que sí, era una asignatura de ciencias, y por buenas razones.

El músico Michael Blake se preguntó a qué sonaba el número Pi (3,14159265358979323846…), de modo que asignó a cada nota un número, lo interpretó con varios instrumentos y creó el cánon que figura a continuación. Tomó la clave de Do (no explica por qué), en modo Mayor (tampoco explica por qué), y asigna un 1 al Do (tampoco explica por qué elije ese Do en concreto para asignarle un 1) un 2 al Re, y así sucesivamente, hasta llegar al Re de una octava más alta, al que asigna el 9. En fin, se toma unas cuantas licencias y hay más de una trampa, pero el resultado tiene su gracia, para qué negarlo. Y como relación entre matemáticas y música, tiene su encanto.