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Cuando supe que podría escuchar a la Orquesta Filarmónica de Berlín interpretar Die Walküre (Las Valquirias) en su propio auditorio, pensé que no debía desaprovechar la oportunidad para escribir una crítica del concierto. Menos mal que no tardé demasiado en darme cuenta de lo ingenuo que estaba siendo. No soy un especialista en Richard Wagner, ni mucho menos en ópera, de  modo que mi comentario no aportaría nada y hubiera acabado convertido en una colección de obviedades. No puedo afirmar nada más valioso que lo siguiente: si tenéis la oportunidad, no perdáis la ocasión de escuchar un concierto como el que yo presencié el 23 de Mayo del 2012. Imagino que asistir a la representación operística será aún más memorable, pero la versión para concierto también es impresionante.

En lugar de una crítica, ofrezco lo único que soy capaz de ofrecer en el momento en el que escribo esto: una sucesión de impresiones más o menos personales acerca de mi experiencia.

  20 impresiones:

Nada más ver el escenario, con el yunque y el martillo y las seis preciosas harpas doradas, uno ya se prepara para la que sabe que va a ser una música trascendente.

Será debilidad mitómana (cosa muy apropiada tratándose de Wagner), pero ver aparecer a Simon Rattle en el escenario me produjo un cierto cosquilleo en el estómago. Hasta entonces sólo le había visto en DVDs y vídeos varios.

Los dos primeros minutos del primer acto los pasé con la piel de gallina. Después empecé a escuchar.

Al escuchar a la Berliner Philharmoniker comprendí por qué está ampliamente considerada como una de las mejores de Europa, sino la mejor. Incluso entendí por qué un crítico musical mucho más autorizado y sabio que yo afirmó que uno no sabe qué es una orquesta hasta que escucha a la Orquesta Filarmónica de Berlín.

No dispongo de suficientes experiencias que comparar como para que mi afirmación tenga verdadero valor, pero la acústica del auditorio me pareció uno de los mayores alicientes.

Sí, lo confieso, Las Valquirias es mi parte favorita de las que componen la tetralogía Der Ring des Nibelungen (El anillo de los Nibelungos) por el brillante empleo del más conocido leimotiv por parte de Coppola en Apocalypse Now. Sí, yo también pienso en los amenazantes helicópteros acercándose a la costa.

La energía que despliega Rattle en el escenario es asombrosa. Por supuesto, es admirable por su valía intelectual, por su sensibilidad dirigiendo, pero su resistencia física también es digna de ser alabada.

Aunque he avisado en la introducción de que no soy un especialista en Wagner y que mi opinión tiene mínima importancia, no me resisto a hacer un juicio de valor. Pero no va a ser nada sorprendente: todo lo que escuché durante el concierto me hizo pensar que se trata de la mejor versión (para concierto) que uno puede presenciar en el 2012, al menos en Europa. Y me refiero a todos los elementos que componen el concierto: la dirección de Rattle, la interpretación de la orquesta y la interpretación de los cantantes, algunos de los cuales son prestigiosos especialistas en el universo wagneriano.

La de Wagner es una música tan maravillosa, tan rica, tan plena, tan poderosa, tan extraordinariamente bella, que uno tiene la sensación, en el momento en el que la escucha, de que no hay nada más sublime musicalmente hablando. No quiero decir con esto que no haya composiciones igualmente inmortales. Me refiero a esa sensación de éxtasis, de satisfacción absoluta, que uno sólo experimenta con unas pocas creaciones de la historia del arte. La sensación de que esa obra de arte, en el momento mismo en el que uno se encuentra frente a ella, tiene la capacidad de anular todo lo demás y convertirse en lo único apreciable.

Por supuesto, lo que sigue es una convención cultural, y su alcance posiblemente sólo sea occidental, pero la de Wagner y no otra parece ser la música de los Dioses. De existir tales criaturas, esa sería su banda sonora.

Para quien quiera entender el funcionamiento de los leitmotiv no es aconsejable comenzar con Wagner, es mejor tomar ejemplos de la música para cine (dado que, evidentemente, bebe de los hallazgos del compositor alemán), pero Las Valquirias sí es la obra que mejor permite apreciar su uso. El popular leimotiv de las valquirias es el más claro, precisamente por lo bien que se reconoce, pero en una escucha atenta uno percibe fácilmente la repetición de diversos motivos melódicos durante toda la obra.

Si las guerras, la xenofobia, la intolerancia…, se sitúan en el extremo más negativo de la historia de la humanidad, no es nada aventurado afirmar que la música de Wagner forma parte del otro extremo, el de los más grandes logros de la mente humana.

Escuchando las orquestaciones de Wagner, es fácil comprender que, desde finales del siglo XIX, pero especialmente a partir del XX, hubiera una reacción en contra de sus grandiosas texturas orquestales. Sencillamente, en cuestión de volumen de sonido, de capacidad absoluta de una orquesta filarmónica, era muy complicado ir más allá, de modo que hasta los más talentosos compositores, de Stravinsky en adelante, hubieran quedado irremediablemente eclipsados de haber seguido ese mismo camino estético. Por eso la evolución fue, ante todo, una cuestión de búsqueda harmónica y tímbrica.

El inicio del tercer acto, con el leitmotiv de las valquirias, es la experiencia más impresionante y memorable que he tenido en toda mi vida, musicalmente hablando.

En cambio, los últimos cinco minutos de ese mismo tercer acto, con las seis harpas tocando, y la conclusión en continuo descrecendo hasta acabar en un casi imperceptible pianissimo, son los más bellos que recuerdo haber escuchado en un auditorio. Creo que recordaré, mientras conserve la memoria, los segundos de silencio transcurridos desde la última nota hasta la reacción del público. Hasta que Simon Rattle no dejó reposando la batuta, no se oyó el primer aplauso, ni siquiera un conato de aplauso. En esos instantes se percibió qué quiere decir que el silencio forma parte de la música.

En ocasiones, formar parte de una orquesta es complicado. En el segundo acto, uno de los percusionistas sólo intervino una vez, y fue para golpear una única vez los platillos. ¿Soy el único que piensa en Hithcock? De hecho, ser percusionista en esta obra sólo es gratificante en el tercer acto, el resto del tiempo es una larga espera hasta las escasas intervenciones.

Aún no tratándose estrictamente de música escénica, pues presencié la versión de concierto, no la ópera, sí hubo dramaturgia. Mínima, desde luego, pero también muy cuidada. Los cantantes seguían siendo personajes, de modo que salían y entraban en escena, realizaban gestos y expresiones, se acercaban y alejaban unos de otros, se sentaban o levantaban, miraban hacia el público o le daban la espalda… Incluso hubo un momento en el que uno de ellos, junto con dos trompas, interpretó un pasaje desde otra parte del auditorio.

Si para nuestros hiper-estimulados oídos contemporáneos esta sigue siendo música impresionante, es fácil imaginar el impacto que debió causar entre los afortunados oyentes del estreno, en 1870, cuando no habían escuchado nada igual.

Como corolario de lo anterior, es comprensible que, durante décadas, los melómanos alemanes creyesen firmemente en la supremacía de la música germana. Hasta cierto punto, es humano pensarlo al salir de un auditorio en el que ha sonado Las Valquirias. Otra cosa es que este tipo de pensamientos se generalizaran y sirvieran como justificación de horrores varios.

Obviedad final: escuchar una orquesta como esta en directo supera cualquier grabación.

Otras impresiones no estrictamente musicales:

Sólo ver el auditorio por dentro, obra de Hans Scharoun, es ya asombroso. Casi justifica el precio de la entrada. Yo me quedé varios minutos maravillado ante ese enorme espectáculo arquitectónico.

Escuchar a la orquesta en la parte de atrás ―qué remedio, cuestión de presupuesto― no es lo mejor desde un punto de vista acústico, pero aún así el sonido que llega impresiona.

En la fila de delante, un espectador vivió su propio drama wagneriano. Durante el segundo acto, supongo que por falta de pañuelo, tuvo que sorberse los mocos a una frecuencia de unos dos sorbos por minuto. Aprovechaba los momentos de forte para disimularlo, pero son pocos en el segundo acto. Lo divertido era comprobar cómo el espectador de su derecha le lanzaba periódicamente severas miradas de reprobación. Miradas que, una vez terminado el acto, convirtió en una reprimenda que culminó, airado, imitando sus sorbos. Cuando comenzó el tercer acto, no había rastro del resfriado espectador.

Durante el segundo intermedio, escuché a un espectador de mi derecha decirle a otro que había estado a punto de irse, que no sabía que hubiese una tercera parte. Sólo pensó en volver a la sala cuando vio que buena parte de los asistentes se quedaban comiendo y bebiendo en el hall. Consejo: si vas a pagar por un concierto de este tipo, asegúrate que conoces bien la obra o, al menos, que sabes de cuántos actos de compone. Y es que la sala estaba visiblemente menos llena durante el tercer acto: problemas de la convención del concierto en dos partes.

Aunque durante varios pasajes sentí un vigor que no sabía que poseía, en ningún momento me entraron ganas de invadir Polonia. [Prometo limitar mis plagios de Woody Allen en adelante].

Cuando me refiero a que la música de Wagner lo llena todo y que anula el resto, incluyo las ganas de mear. De pronto, uno se olvida de ellas y sólo reaparecen una vez terminado el concierto. Aún así, recomiendo pasar por el servicio durante al menos uno de los intermedios, que la vejiga puede ser muy insistente.

Aunque para disfrutar del concierto íntegro hubo que estar en el auditorio de 17:00 a 21:45, es decir, pasar casi cinco horas con Wagner, lo hubiera escuchado entero de nuevo. Hasta creo que lo habría disfrutado más, pues la primera escucha hubiera sido más emocional, la segunda más analítica. El tiempo parece detenerse ante manifestaciones artísticas de tal altura.

Las Valquirias narra el amor entre Siegmund y Sieglinde, hermanos gemelos. Curioso el éxito de las historias incestuosas, de Edipo Rex a los Serrano, pasando por Bertolucci (y me refiero tanto a Dreamers como a Prima della rivoluzione).

Vine a Berlín adrede para escuchar a la Filarmónica, pero el viaje merece la pena también por la ciudad. Nada que no sepan quienes la han visitado o que sospechen quienes han visto las imágenes. Sólo los alrededores del auditorio ya son una maravilla.

Créditos:
Berliner Philharmoniker
Sir Simon Rattle: dirección.
Eva-Maria Westbroek: soprano (Sieglinde).
Christian Elsner: tenor (Siegmund)
Evelyn Herlitzius: soprano (Brünnhilde)
Lilli Paasikivi: mezzo-soprano (Fricka)
Terje Stensvold: bajo (Wotan)
Heike Grötzinger: mezzo-soprano (Siegrune)
Mikhail Petrenko: bajo (Hunding)
Joanna Porackova: soprano (Gerhilde)
Julianne Young: mezzo-soprano (Waltraute)
Andrea Baker: mezzo-soprano (Schwertleite)
Eva Vogel: mezzo-soprano (Grimgerde)
Anette Bod: mezzo-soprano (Rossweisse)
Anna Gabler: soprano (Ortlinde)
Susan Foster: soprano (Helmwige)

Para abrir el apetito:

Fotos de Ángela Gómez Ortega.